martes, 10 de abril de 2012

A capa y espada: palabras de presentación


Yamile Haber Guerra
yhaber@enet.cu

Se estrenaba el siglo XXI, y el novelista y semiólogo italiano Umberto Eco reconocía que la guerra es semiótica y se mata a la gente para matar un signo; el lingüista y politólogo norteamericano Noam Chomsky publicaba su libro 11/09/01; se acuñaban vocablos como teletragedia y frases como golpe de estado televisivo, y se alertaba sobre la amenaza de que los terroristas, además de aviones, pudieran secuestrar la televisión.

El terrorismo de celebridad alcanzaba niveles insospechados cuando, en los sucesos de Bombay, en 2008, los atacantes mostraban sus rostros a las cámaras del circuito cerrado y los medios y las audiencias ponían el resto.

El domingo 22 de abril de 2009 moría Jade Goody, la ex concursante del Gran Hermano británico famosa por su participación en diversos programas de tele realidad y por haber vendido a la prensa los detalles de sus últimos meses de vida aquejada de un cáncer. Su batalla contra la enfermedad fue ampliamente cubierta por televisoras de todo el mundo. Por la exclusiva de su boda, justo un mes antes del deceso, Goody recibió un millón de dólares, dinero que había destinado a sus dos hijos. Frases como ¿qué es un espárrago? o ¿Río de Janeiro es una persona? la catapultaron a la fama. La prensa la criticaba, el primer ministro británico, Gordon Brown, le dio públicamente su apoyo, y la audiencia la amaba.

Ahora todo es mucho más fácil: se graba con la cámara de un teléfono móvil y el video resultante “se cuelga” en YouTube, la red social para compartir contenidos. Entonces se dice que se ha hecho televisión. Ello forma parte de una cultura del software, de una cultura de navegación. Estamos, de tal suerte, ante mediaciones culturales hibridadas, descentradas y polivalentes que transgreden las leyes comunicacionales y culturales clásicas de la proxemia.

Es la era del panóptico global, del populismo mediático y de los más encarnizados enfrentamientos entre homo videns y homo typographicus.

Por eso es importante que nos sumemos a este empeño de Caguayo en virtud del medio milenio de la cultura artística y literaria en Santiago de Cuba…A capa y espada…Porque, además, todo lo que la Fundación Caguayo toca, se convierte en milagro e inspira gratitud y veneración. Más en esta responsabilidad compartida con la Editorial Oriente devenida la fundadora que siempre anhelamos.

Llegamos, ¡al fin!, a la presentación anunciada de un libro aún más anunciado. El compromiso implicaba varios dilemas éticos, deontológicos e incluso, estéticos.

Cedeño fue, como quizá algunos sepan, mi alumno machucado y querido.

Cedeño ha sido, como muchos saben, mi respetuoso y respetado colega.

Cedeño es, como saben quienes deben saberlo, mi amigo.

Así, a sombrero quitado y despojada de todo prejuicio semiohermenéutico abracé La aventura de la pantalla.

Abrazo, digo bien, un libro para llevar y leer cómodamente, formato ágil, dinámico y diseño de cubierta de lujo, imagen visual acorde con el tono y el ritmo icónico verbal interior, y con los tiempos, y una edición casi exquisita. Un auténtico fresco literario. El volumen que todo el mundo quiere tener y exhibir como un trofeo.

Con fruición devoré cada línea de cada párrafo de cada apartado. Fue fácil, lindo, entretenido. Etnografía e historia, testimonio y crónica, entrevista y ensayo se combinan con fluidez y elegancia para arrojar luz y hacer justicia, para develar los intersticios de la desidia y desagraviar la memoria.

Quiénes fueron, cómo lo hicieron, qué nos legaron. El autor logra, pese a la exigüidad de algunas fuentes, respuestas contundentes. Ideas todas coherente y convenientemente expuestas en un texto que reivindica el período dorado de las producciones audiovisuales territoriales, muchas de las cuales, marcadas por la precariedad material, traspasaron no obstante todos los límites y hoy forman nuestro acervo espiritual, al margen de cualquier etiqueta o taxonomía: comunitaria, alternativa, educativa, participativa…

Con La aventura de la pantalla, Reinaldo Cedeño Pineda, de quien no voy a hacer aquí su bio-bioblio-hemero-web-grafía, pone en mano de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos un material imprescindible; el recuento que nadie hizo antes –ni los teóricos, ni los telecinéfilos-, y que muy difícilmente pueda hacerse después cuando ya no exista eso que el descubrió y resguardó con minuciosidad de arqueólogo y que demuestra la importancia de los medios de comunicación como fuente en el estudio de las sociedades y las culturas, como representación del mundo y como fuente de información complementaria a la investigación antropológica.

No me perdonaría Reinaldo si no aclarara: descubrieron. Porque no pocas manos y mentes hicieron el todos para uno y uno para todos. Que muy modesto no es, pero sabio y justo, en demasía.

Sencillo y elegante –que la sencillez sea condición recomendable, decía Martí, no excluye del traje un elegante adorno-, Cedeño logra, tal vez sin proponérselo, un efecto estético, como aisthesis, como efecto sobre la sensibilidad; nos obliga a ver, a oír, a sentir.

Como para que no quede duda alguna, y siguiendo al profesor Robert Escarpit, el texto que hoy presentamos cumple simultáneamente las tres funciones que lo harán transcender:

la función icónica: establecimiento de un sincronismo interno del mensaje visual (y eventualmente táctil) mediante la inscripción en un objeto estable, constituido en el espacio y en el tiempo,

la función discursiva: creación de una imagen espacial estable de un discurso inscrito en el tiempo, estando la linealidad temporal del discurso configurada convencionalmente por la linealidad espacial de la escritura,

la función documental: estabilización del conjunto del lenguaje mixto (rasgo-ícono y palabra-discurso) en un soporte que lo hace independiente en el tiempo y sincrónicamente disponible.

Es la prueba fáctica de que, como asegurara el sociólogo francés Pierre Bourdieu hay que empezar por volver a una visión del mundo mucho más modesta del papel de los periodistas. ¿Qué está realmente en su poder? Entre las cosas que dependen de ellos está el manejo de las palabras.

A capa y espada es también un libro para la rabia y los remordimientos; es el libro de la inconformidad implícita. Es la capa y la espada con que aquellos hombres y mujeres hicieron la televisión y el cine en esta geografía y que nos devuelven como espectros en perenne desafío.

Ojalá, dentro de algunos años, para la nueva saga de aquella misma aventura, quienes sucedan a Cedeño no nos inviten a presentar un melóndrama o un libro en blanco.

Muchas gracias.

A continuación, algunas fotos, tomadas por el periodista Eric Caraballoso.




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