miércoles, 25 de abril de 2012

Reynier Rodríguez: entre lo universal y común de la poesia

                           (Oscar Cruz y Reynier Rodríguez, en una presentación literaria)
                                               

Enrique Pérez Fumero
enriquep@rect.uo.edu.cu


Les invito a que busquen en los poemas, algo de ellos mismos / Yo intento que mis poemas reflejen esa realidad / la poesía sigue siendo la manera más noble de decir las cosas que queremos / Me siento deudor de grandes exponentes de la literatura cubana.


El 23 de abril, la comunidad hispanohablante y el Instituto Cervantes, de Madrid, celebran el Día del Idioma, diferente del Día Internacional de la Lengua Materna, celebrado el 21 de febrero. En esta fecha, poetas jóvenes como Reynier Rodríguez, apuestan por lo universal de la lengua y la poesía.

E: ¿A una persona que se acerque por primera vez a tu poesía, qué le dirías?

R: Que intente descubrir detrás de muy pocas palabras contenidos profundos que, quizás, tienen que ver con su experiencia personal, con sus propias vivencias y su visión de la poesía. Intento reflejar sucesos o experiencias universales, por eso rescribo constantemente todos mis poemas. Trato, sino de borrar, de atenuar en lo posible los excesos vinculados a enfoques particulares. Intento que se acerquen más a lo universal. De este modo, se parecerán tal vez a las personas que los leen.

E: ¿Hasta qué punto lo universal te puede definir?

R: Todos experimentamos la vida, con sus hallazgos y sus riesgos. Tenemos nuestra propia percepción de cómo atrapar, de manera eficaz, la realidad. Yo intento que mis poemas atrapen esa realidad. No aspiro a ser quien mejor lo haga, ni tampoco lo contrario. Creo que cualquier persona puede hacerlo si se lo propone, como cualquiera podría identificarse con lo que escribo, y esto solo es posible en la medida en que mis poemas alcancen a transmitir esas realidades; con palabras asequibles, y sin agredir jamás al receptor.

E: ¿En un mundo contaminado de tecnologías e imágenes, cuál crees que sea la función de la poesía, hoy?

R: Su función está en consonancia con la realidad inmediata del hombre común que la lee o que la escribe. El poeta vive y dice lo que piensa, de un modo más hermoso, o tal vez de un modo que no intenta serlo, pero capta justamente lo que está sucediendo. Porque el mundo que nos rodea no es hermoso, y quien más dice sobre él, hoy, es la prensa; que no recoge los sucesos como lo hace la poesía. La mayoría de los textos o imágenes que nos rodean están manipuladas, casi siempre en función de intereses muy poco nobles. La poesía sigue siendo la manera más noble de decir la mayoría de las cosas que nos gustan o nos agreden.

E: Si le pusiéramos una mirilla a tu poesía… ¿hacia dónde apuntarías?

R: Hacia la poesía cubana… directamente hacia una zona de lectura de la cual me he nutrido desde años. De manera que, leyendo de mí, cualquier receptor promedio penetrara en una zona dialógica y muy sonora de la literatura cubana, y viceversa. Me siento deudor de los versos de poetas como Dulce María Loynaz y Gastón Baquero. Hacia donde ellos miraron, intento ir con pasos breves, consciente de la época en que me ha tocado vivir, donde tal vez la poesía tiene menos expectativas o menos protagonismo, pero sigue teniendo mucho que decir y eso ya es importante.

Quiero compartir contigo dos poemas dedicados a la ciudad de Santiago de Cuba, desde puntos de vista distintos, pero teniendo como eje central a la Historia, que es aquello que nos permite ver un poco más lejos, porque podemos, a través de ella, conocer un poco mejor el presente.

                                  (Santiago de Cuba, Mercado de Concha, 1893)  
 
Preludio del Carnaval en Santiago

Las ordenanzas municipales han prohibido las ciudadelas desde 1881, porque afean el ornato, según dicen.

Desde mi cuarto puedo ver el mar. Ya no estamos en los mil ochocientos, y Delmés no parece haber previsto nunca qué sería de estas calles de pavimento y fiebre: fachadas inservibles, oficinas errantes, carnavales en que solo nos asiste la miopía, el antifaz, la excusa para lo que no sirve. Un beodo se me acerca y me habla de cabildos, de la casa Consistorial, del Teatro de la Reina. Algo creo presentir, y callo nuevamente.

El ángel que nos guarda se ha posado, obediente, como un hermoso ibis sobre el frontis del templo. Me remonto al pasado, a la orilla imperfecta en la que el tiempo borra las marcas de las olas… exitosas y huérfanas, como las ordenanzas; de pavimento y fiebre para lo que no sirve.

(Santiago de Cuba, Parque Dolores, siglo XIX)

Crónica Roja

Escribo al dorso la historia, aupado por el sueño de Hippolyte Pirón, cronista del flolklore y de las mascaradas.

La plaza vestíase de barracas, y cubríase de toldos, y las pencas de las palmas y cañas de bambú, entrelazándose con telas de colores rojos y amarillos, daban un aspecto pintoresco al sitio de general regocijo.

Mas no vale la pena escalar por las calles, desde el barrio francés hasta la Plaza. Ahora deslucen allí las peleas de gallos, y como es mil ochocientos noventa y tres, bajamos, a ver en la Alameda sus nuevos faroles, traídos de New York.

Una banda militar tocaba en un pequeño lugar adornado con una fuente y dejaba escuchar un trozo de ópera, que alternaba con valses y rigodones.

La noche es sepia /alucinógena, aviva la memoria y el paso de Pirón por Santiago de Cuba, una ciudad que hoy se reduce a sus máscaras, eterno carnaval de las cervezas.

Se escuchan en sordina aquellos ecos. La lluvia acalla el grito de los aires. Desde mil ochocientos noventa y tres no hay fechas para colgar el gris en la Intendencia. No hay gallos ni tranvías, ni cataclismos, la ciudad no aparente su aliento de mar.

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