lunes, 22 de octubre de 2012

Penumbras se queda en blanco y negro




Enrique Pérez Fumero
enriquep@rect.uo.edu.cu

Los años 90 en Cuba escenificados en la gran pantalla del séptimo arte, devienen otra vez el escenario ideal donde convergen decepciones, carencias y sinsabores de todo tipo. 

La ópera prima “Penumbras” de Charlie Medina —a partir de la obra Penumbra en el noveno cuarto del dramaturgo Amado del Pino—, hace un plano general en las huellas psicológicas que dejó este período para los cubanos y fotografía con sus planos detalles las consecuencias de la miseria y el fracaso general en los personajes.

El director viene a demostrarnos que no hay temas viejos ni nuevos, sino tratamientos, estéticas, si bien la reiteración temática aunque se asuma de la manera más alternativa y diferente posible, puede causar rechazo en los públicos nacionales y extranjeros.

Con el guión de Carlos Lechuga y la fotografía de Roberto Otero Martínez el realizador se percata de cómo puede volver sobre esta trágica época del pueblo cubano, desde otro punto de vista. En consecuencia, asume el béisbol como telón de fondo de su obra, ampliando la progresión dramática en cada una de las entradas del juego.

Medina aprovecha todos los recursos visibles y semióticos: una derruida posada, la falta de fluido eléctrico tan común en aquellos años, un sótano asqueroso donde apenas caben un camastro y un televisor soviético en sus últimos días y una azotea llena de trastos inservibles. La cúpula del Capitolio de La Habana contrasta arquitectónica y políticamente con la escena que se narra.

La fotografía en blanco y negro, combinada con un paisaje gris, son quizás los mejores aciertos del metraje.

Sus personajes no son esencialmente una síntesis del pueblo cubano, pero se le parecen. Un ex presidiario, drogadicto y fanático de la pelota se debate entre la necesidad de complacer sus necesidades en un contexto donde parece no habitar nadie. Omar Franco, demuestra una madurez total dramática, aún cuando se ha destacado igualmente en el humor y la parodia.

Por otro lado, cohabitan un pelotero que tiene su carrera en picada y una bailarina con 30 años que no llega a ser ni mujer ni querida de ningún hombre. Tomás Cao e Ismercy Salomón también se destacan por sus ejecuciones actorales.

No faltan, como en casi todas las películas cubanas, textos picarescos que pueden arrancar la risa del público presente, más algunas frases al vuelo sobre la reiterada problemática de abandonar el país. Además, escenas de sexo y desnudos quizás innecesarias, sólo para justificar la cualidad voyeurista o mejor “mira huecos”, de Renato, el amigo del posadero. Omar Alí, supera la endeblez de su personaje con una actuación memorable.

Omar Franco, Omar Alí, Ismercy Salomón y Tomás Cao

Penumbras tiene un final inconcluso, asumiendo la consabida sentencia de que el espectador construya su propia historia. El clímax dramático se desplaza en el tiempo y el espacio para caracterizar las huellas de una época, más que los sucesos de la misma época.

Charlie Medina se queda en penumbras, dado que el discurso de los años 90 ya ha sido tratado con seriedad por otros realizadores. Fernando Pérez con su filme Madagascar (1994) por ejemplo, consigue una estética donde el cansancio, la desolación y la aparente locura de sus personajes colman el discurso.

Producida por RTV Comercial de conjunto con la Televisión Cubana y con la colaboración del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica, el Instituto Nacional de Deporte y Recreación Física y la empresa española VM Broadcast Services Global, Penumbras es una reiteración de lo mismo y desata algunas preguntas.

¿Por qué se destina presupuesto para la puesta en pantalla de una obra dramática sujeta a un contexto específico, como sucedió con el largometraje Casa vieja, de Lester Hamlet? ¿Por qué el ICAIC no asume las propuestas de los jóvenes realizadores con sus producciones independientes? ¿Dónde quedan los egresados de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños? Quizás estas preguntas se alejen de una crítica cinematográfica o un periodismo cultural, dado que no tengo acceso a los responsables de las mismas, pero el público tampoco tendrá las respuestas.

Los cubanos exigen de sus realizadores cinematográficos una visión cultural diferente de las obras que se ponen en pantalla, quizás por eso no dejan de seguir los estrenos del ICAIC, aunque no satisfagan sus necesidades.

Charlie Medina ya ha llevado a la pantalla chica otros conflictos interesantes como Los heraldos negros y Los aretes que le faltan a la luna, de modo que estamos en presencia de un realizador experimentado. Esperemos que sus próximas obras superen esta penumbra.

El actor Omar Franco, encarnando el personaje de Pepe

El erotismo presente en el filme

No hay comentarios:

Publicar un comentario